
Pero, el asado argentino, más que una comida, se ha convertido en un ritual que define la identidad del país. Como la paella en España, preparar y comer asado cada domingo es un momento de unión familiar, la mejor forma de celebrar la amistad y las fechas significativas.
Los gauchos, precursores del plato
El origen del asado argentino se remonta a los siglos XVI y XVII, cuando la colonización trajo ganado a la región. Así, los gauchos de la Pampa empezaron a cocinar las vacas que pastaban libremente en fuegos improvisados, dando forma a una tradición que ha evolucionado hasta convertirse en un símbolo nacional y una receta popular de casi cualquier latitud.
Sin embargo, en pocos se vive con tanta pasión como en Argentina, donde se consume mayormente los fines de semana, el Día de la Independencia, Navidad y, por supuesto, el Día del Asado, celebrado cada 11 de octubre.
El “ritual” del asado argentino
A diferencia de otras barbacoas, el asado argentino tiene características que lo distinguen. En primer lugar, sus porciones, más generosas de lo habitual: cada persona suele comer entre 600 y 800 gramos de carne, desde chorizos y morcillas, hasta costillas y entraña.
A modo de entrante degustan la morcilla y los chinchulines (intestinos), para luego continuar con los cortes más suculentos como las costillas en una búsqueda por apreciar el animal en su totalidad.
Además de la salsa chimichurri, otro rasgo clave es la paciencia puesto que la cocción en parrilla es lenta, tarda varias horas, lo cual garantiza que no le falte sabor. Mientras, es común tomar mate e incluso empanadas, todo al estilo más argentino.