El vino italiano que muchos subestimaron y que ahora vuelve a conquistar la mesa

El vino italiano que muchos subestimaron y que ahora vuelve a conquistar la mesa

El Lambrusco arrastra muchos prejuicios, pero este vino italiano es mucho más complejo de lo que parece: variedades autóctonas, estilos secos, burbujas naturales y una sorprendente versatilidad gastronómica.
Botella y copa de Lambrusco servidas junto a una tabla de embutidos y quesos italianos, una imagen que refleja la tradición gastronómica de Emilia-Romaña y la versatilidad de este vino espumoso italiano.
Lambrusco: el vino italiano que merece una segunda oportunidad
Sunday, June 21, 2026 - 11:30

Durante años, el Lambrusco fue uno de esos vinos que muchos creían conocer demasiado bien. Dulce, barato, sencillo, fácil de beber y poco más. Esa fue la imagen que acompañó durante décadas a uno de los vinos italianos más populares del mundo. Sin embargo, detrás de esa fama simplificada existe una realidad mucho más interesante: variedades autóctonas, siglos de historia, estilos secos, burbujas naturales y una sorprendente capacidad para acompañar la mesa.

Aprovechando que el 21 de junio se celebra el Día del Lambrusco, merece la pena mirar más allá del tópico. No para convertirlo en una efeméride más, sino para preguntarnos por qué uno de los vinos más reconocibles de Italia ha sido también uno de los más malinterpretados.

Porque el Lambrusco no es un único vino. Tampoco es necesariamente dulce. Ni todos sus estilos responden a esa imagen ligera y casi inocente que se popularizó fuera de Italia durante los años ochenta y noventa. En realidad, hablar de Lambrusco es hablar de una familia vitivinícola diversa, profundamente ligada a Emilia-Romaña y cada vez más reivindicada por consumidores, sumilleres y productores que buscan vinos frescos, versátiles y con identidad.

El Lambrusco es mucho más antiguo de lo que parece

Una de las primeras sorpresas es su historia. Aunque muchos consumidores lo asocian a una moda relativamente reciente, el Lambrusco hunde sus raíces en una tradición muy antigua.

Su nombre se vincula a las vides silvestres que crecían de forma espontánea en el norte de Italia. Durante siglos, estas uvas dieron lugar a vinos vivos, frescos y con una ligera efervescencia natural, muy conectados con la cultura agrícola de la región.

Mucho antes de convertirse en un producto de exportación masiva, el Lambrusco ya formaba parte de la mesa cotidiana de Emilia-Romaña, una de las grandes despensas gastronómicas de Italia. Allí convivía con embutidos, pastas rellenas, quesos, carnes y platos contundentes que encontraban en su acidez y burbuja un contrapunto perfecto.

No existe un solo Lambrusco

Quizá el mayor error sea pensar que Lambrusco es una única variedad o un único estilo de vino.

En realidad, el término hace referencia a una familia de variedades emparentadas entre sí. Entre las más conocidas se encuentran Lambrusco Grasparossa, Lambrusco Salamino, Lambrusco di Sorbara y Lambrusco Maestri. Cada una aporta perfiles muy distintos.

El Lambrusco di Sorbara suele ofrecer vinos más delicados, florales, frescos y de color más claro. El Grasparossa, en cambio, tiende a dar vinos más intensos, oscuros, estructurados y con mayor presencia frutal. El Salamino se sitúa muchas veces en un punto intermedio, con equilibrio entre fruta, frescura y cuerpo.

Por eso hablar de Lambrusco en singular es casi tan impreciso como hablar de “vino tinto” sin distinguir entre variedades, regiones o estilos de elaboración.

El mejor Lambrusco no tiene por qué ser dulce

Durante décadas, fuera de Italia se popularizó una versión muy concreta del Lambrusco: vinos dulces, ligeros, de burbuja amable y consumo fácil. Ese estilo fue el responsable de su éxito internacional, pero también de buena parte de sus prejuicios.

Sin embargo, muchos de los Lambruscos más interesantes son secos o semisecos. En ellos la fruta aparece acompañada por una acidez vibrante, una burbuja fina y una sensación refrescante que los convierte en vinos mucho más gastronómicos de lo que suele pensarse.

El Lambrusco seco puede sorprender a quienes solo conocen sus versiones más comerciales. Tiene tensión, frescura, carácter y una capacidad notable para limpiar el paladar entre bocados.

Su burbuja no es un simple adorno

Otra idea equivocada es pensar que la burbuja del Lambrusco está ahí solo para hacerlo más fácil o más festivo.

La efervescencia forma parte de su identidad. Tradicionalmente, muchos Lambruscos desarrollaban gas carbónico de manera natural durante la fermentación. Hoy existen distintos métodos de elaboración, pero en los mejores ejemplos la burbuja cumple una función gastronómica muy clara: aporta frescura, aligera la sensación en boca y ayuda a equilibrar platos grasos o intensos.

Por eso el Lambrusco funciona tan bien con la cocina de Emilia-Romaña, una región famosa por productos como el prosciutto, la mortadela, el Parmigiano Reggiano, los tortellini o el ragù.

Es uno de los vinos más versátiles para comer

Pocos vinos tienen una capacidad de adaptación tan amplia como el Lambrusco.

Su acidez, su baja graduación, su fruta y su burbuja lo convierten en un aliado natural de embutidos, quesos curados, pizzas, pastas, carnes, barbacoas e incluso algunas elaboraciones picantes o especiadas.

Un Lambrusco seco puede acompañar una tabla de charcutería italiana con enorme precisión, pero también puede funcionar con una hamburguesa, un plato de cocina asiática o una comida informal al aire libre.

Ahí reside una de sus grandes virtudes: no obliga a solemnizar la mesa. La acompaña con alegría, frescura y una enorme capacidad de adaptación.

También hay Lambruscos de colores inesperados

Quien piense que todos los Lambruscos son iguales se sorprenderá también al observar su gama cromática.

Existen Lambruscos rosados, rubí brillante, púrpura intenso e incluso algunos tan oscuros que parecen casi tinta. El color depende de la variedad utilizada, del tiempo de contacto con los hollejos y del estilo buscado por cada productor.

Esta diversidad visual anticipa también diferencias aromáticas y gustativas. Algunos son delicados y florales. Otros, más profundos, muestran notas de frutos negros, violetas, cereza madura o especias.

Un vino que está viviendo una segunda juventud

Durante años, el Lambrusco fue víctima de su propio éxito comercial. La enorme demanda internacional favoreció estilos sencillos y dulces que terminaron eclipsando su verdadera diversidad.

Sin embargo, en los últimos años muchos productores de Emilia-Romaña han trabajado para recuperar el prestigio de este vino. La apuesta por viñedos mejor seleccionados, rendimientos más controlados, elaboraciones más precisas y estilos secos ha permitido mostrar una cara mucho más seria y gastronómica del Lambrusco.

Hoy vuelve a aparecer en cartas de restaurantes, bares de vino y tiendas especializadas que buscan etiquetas frescas, versátiles y alejadas de los prejuicios tradicionales.

Su regreso no se apoya únicamente en la nostalgia, sino en una lectura muy actual del consumo de vino: menos alcohol, más frescura, más versatilidad y menos solemnidad.

El Lambrusco no necesita parecerse a ningún otro vino

Quizá la mejor forma de entender el Lambrusco sea dejar de compararlo con otros espumosos o con otros tintos.

No es un Prosecco tinto. No es un vino menor. No es solo una bebida dulce para quienes se inician en el vino. Es una categoría con identidad propia, nacida de un territorio concreto y de una cultura gastronómica muy definida.

Puede ser sencillo y alegre, sí. Pero también puede ser seco, elegante, profundo y extraordinariamente gastronómico.

Tal vez por eso el Lambrusco merece una segunda oportunidad. Porque pocas cosas hay más interesantes en el mundo del vino que descubrir que aquello que creíamos conocer todavía tenía mucho que contar.

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