¿A qué sabe la felicidad? Lo que la gastronomía puede enseñarnos en el Yellow Day
Cada 20 de junio reaparece una curiosa celebración que ha conseguido hacerse un hueco en medios de comunicación y redes sociales: el Yellow Day, conocido popularmente como el día más feliz del año.
Las explicaciones suelen repetirse. Más horas de luz, temperaturas agradables, la cercanía de las vacaciones o el inminente comienzo del verano son algunos de los argumentos que se utilizan para justificar por qué esta fecha se asocia al optimismo y al bienestar.
Pero hay una pregunta mucho más interesante que rara vez aparece en esas teorías: ¿a qué sabe la felicidad? Porque cuando intentamos recordar algunos de los momentos más felices de nuestra vida, la comida suele estar allí. Una paella compartida en familia un domingo. El primer helado del verano. Una limonada en una tarde de calor. El aperitivo con amigos. Una tarta de cumpleaños. El aroma de una receta que nos devuelve a la infancia.
La gastronomía lleva siglos explicando mejor la felicidad que cualquier fórmula.
¿Por qué el amarillo se ha convertido en el color de la felicidad?
No creo que sea una casualidad que el Yellow Day haya elegido precisamente el amarillo como símbolo. Es el color del sol, de la luz y de los días largos que anuncian el verano. También es uno de los colores más presentes en muchos de los alimentos que asociamos con el placer y la celebración.
Ahí están los limones que refrescan las tardes más calurosas, las piñas y los mangos que evocan vacaciones y destinos lejanos o los melocotones que llenan los mercados cuando llega el buen tiempo. También el maíz, los quesos curados de tonos dorados o el aceite de oliva virgen extra, uno de los grandes emblemas de la dieta mediterránea.
En España, además, algunos de los platos más populares comparten ese mismo color. La tortilla de patatas, los arroces con azafrán o muchas recetas marineras adquieren tonalidades doradas que forman parte del imaginario gastronómico de varias generaciones.
El amarillo no solo se ve. También se recuerda. Y en gastronomía, los colores tienen una capacidad extraordinaria para despertar emociones y recuerdos.
Los sabores que más asociamos con los momentos felices
Si algo tienen en común muchos de los platos que recordamos con cariño es que rara vez los evocamos por sus ingredientes. Lo que permanece en la memoria es el contexto.
No recordamos únicamente una paella. Recordamos la mesa alrededor de la que se compartió.
No pensamos solo en una tarta. Recordamos el cumpleaños, las velas y las personas que estaban allí.
No evocamos simplemente un helado. Recordamos la playa, el paseo o las vacaciones.
La gastronomía tiene una capacidad única para activar recuerdos emocionales. Los psicólogos llaman a este fenómeno memoria evocativa, y explica por qué determinados aromas o sabores pueden transportarnos instantáneamente a momentos concretos de nuestra vida.
Es por ello que algunas comidas terminan convirtiéndose en auténticos símbolos de felicidad personal. Para unos será el arroz que preparaba su abuela los domingos. Para otros, una tortilla compartida durante una excursión, una merienda especial o el aperitivo que marca el inicio del fin de semana.
La felicidad gastronómica no suele encontrarse en los platos más sofisticados. Con frecuencia aparece en aquellos que nos conectan con personas, lugares y experiencias que forman parte de nuestra historia.
La felicidad también se comparte alrededor de la mesa
Las grandes celebraciones de nuestra cultura siempre han estado vinculadas a la comida. Las fiestas patronales, las reuniones familiares, las bodas, las comuniones, las cenas de Navidad o las hogueras de San Juan tienen algo en común: todas incluyen una mesa alrededor de la cual se reúnen familiares y amigos.
Incluso las tradiciones más sencillas suelen tener un componente gastronómico. El aperitivo del domingo, la cerveza compartida después del trabajo, la sobremesa interminable de verano o el desayuno especial de un día festivo forman parte de esos pequeños rituales que ayudan a construir bienestar. Comer juntos sigue siendo una de las formas más universales de celebrar.
La felicidad gastronómica tiene menos que ver con los ingredientes y mucho más con las personas con las que compartimos la mesa.
La ciencia lleva años estudiando cómo los encuentros sociales contribuyen a nuestro bienestar emocional. Pero mucho antes de que existieran esos estudios, las familias ya sabían que las buenas noticias se celebraban sentándose alrededor de una mesa.
¿Existe realmente una comida de la felicidad?
Probablemente no. Aunque algunos alimentos contienen nutrientes relacionados con el bienestar y el estado de ánimo, reducir la felicidad a una lista de ingredientes sería simplificar demasiado algo mucho más complejo.
La felicidad gastronómica tiene más que ver con la experiencia que con la receta. Con el momento que con el menú. Un plato extraordinario puede pasar desapercibido si se come deprisa y en soledad. En cambio, una comida sencilla puede convertirse en un recuerdo imborrable cuando se comparte con las personas adecuadas.
Puede que el día más feliz del año no dependa de una fecha concreta del calendario. Tal vez se parezca más a esos instantes cotidianos que casi nunca planificamos: una conversación que se alarga después del café, una comida improvisada entre amigos, una receta heredada que vuelve a prepararse o el primer aperitivo de un día de verano.
Porque mucho antes de que existieran las campañas publicitarias, los estudios sobre bienestar o las etiquetas como Yellow Day, las personas ya celebraban la vida alrededor de una mesa.Y por eso seguimos haciéndolo.