Alta cocina a la manera de los planos secuencia de Stephen Graham

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Gabriela Sánchez
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alta cocina en el cine

La alta cocina ha encontrado en las pantallas el escenario predilecto donde mostrar su rostro más y menos feliz: creatividad y caos en iguales porciones. Así, lo han hecho The Bear, UniverXo Dabiz, El MenúA fuego lento, hasta Emily in París y las versiones en largometraje (2021) y serie de Hierve (Boiling Point) (2024), protagonizada por Stephen Graham. Y es que ahora todos hablan de la destreza técnica y actoral del británico en el más reciente estreno de Netflix Adolescencia, pero, Graham ya había apostado antes por la gastronomía con igual maestría. 

Tanto series de televisión, realities como películas han experimentado un boom de la temática culinaria develando que el mundillo de chaquetillas y estrellas tiene sus luces y sombras. 

Aunque para nadie es un secreto la tensión que puede generar estar detrás de los fogones de un restaurante Michelin, en particular la producción Hierve (2021) implica al espectador en las dinámicas internas a la manera de plano secuencia, un recurso tan atrevido como dramáticamente vívido que potencia la sensación en tiempo real e incluso el propio espíritu de la profesión: un entorno sin un "corte y repetimos".

Y es que no hay en el cine un recurso que retrate mejor la coreografía milimétrica que transcurre para poner sobre la mesa un buen plato.

En la película la cocina se vuelve una olla a presión emocional que retrata al dedillo las situaciones de crisis que se pueden vivir en ellas. Su realismo no proviene de la improvisación sino de la experiencia de su director Philip Barantini quien se desempeñara durante más de una década como chef en Londres. Así, destapa el lado más crudo del oficio gastronómico: egos, adicciones, estrés laboral, etc. en una única toma de 90 minutos. 

Cocina sin cortes: ficción y realidad

Aunque este caso en concreto lo lleva al extremo, el cine ha dejado ver el desafío que es lidiar con la tensión para hacer que cada equipo funcione en armonía. Han decidido contar sin medias tintas lo que implica estar en una cocina real: la precisión quirúrgica, la velocidad mental, la coordinación entre compañeros, que a la vez supone un llamado a la camaradería, al amor por el servicio, la necesidad de resistencia y, sobre todo, de contención. 

Más allá de la ficción, la realidad es que detrás de una cena hay equipos que trabajan 12, 14 o más horas diarias, que renuncian a fines de semana y festivos. Una definición de entrega, cualificación y nobleza por el trabajo.

La verdadera cocina no es una carrera por alcanzar una estrella Michelin o mantener la reputación, sino como diría Joan Roca ser felices haciendo felices a otros. Por eso si hay una enseñanza tras estas producciones es la necesidad ante todo de volver a un principio básico: que la profesión sea un espacio agradable, de diversión y creatividad. 

No se trata de satanizarlo ni de romantizarlo, sino de humanizarlo, hacerlo cercano al espectador que a la vez puede ser el propio cliente, y echar por tierra la visión más estilizada del glamour culinario.

Tal como en los planos secuencias, cocinar significa saber improvisar a tiempo ante el error y sacar una escena (plato) adelante sin repeticiones y con éxito. 

Quizá ante un crecimiento tan acelerado de la hostelería con grandes demandas de personal formado y comprometido, relatos honestos sobre lo que supone realmente vivir entre fogones sea lo que más necesitamos ahora. Asumir la cocina como oficio es también hacerlo como forma de vida. Los cocineros no solo preparan comida, también “se cocinan a sí mismos”, y nosotros, espectadores y comensales, deberíamos mirar un poco más allá del plato y preguntarnos: ¿a qué precio se sirve la excelencia?

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Gabriela Sánchez