Gastrocringe: cuando la gastronomía se convierte en una caricatura de sí misma

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Cristina Ybarra
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gastrocringe

En la era de la hiperexposición, donde cada bocado puede convertirse en contenido y cada plato en una obra de arte efímera para Instagram, la gastronomía ha alcanzado nuevas cimas... y también ha caído en nuevas trampas. Una de ellas es el fenómeno del gastrocringe, una expresión tan reciente como reveladora, que señala aquellos excesos y extravagancias que, lejos de enriquecer la experiencia culinaria, la distorsionan hasta rozar el absurdo.

¿Qué es el gastrocringe?

El término surge de la fusión entre “gastronomía” y “cringe”, palabra inglesa que alude a la vergüenza ajena o al bochorno que provocan ciertas actitudes forzadas o ridículas. En el contexto culinario, el gastrocringe señala momentos en los que la creatividad, la innovación o el afán por impresionar terminan cayendo en lo ridículo, lo esnob o lo artificial.

Desde platos servidos en piedras, zapatos o colgando de alambres, hasta nombres de menú que suenan más a poesía experimental que a descripciones de alimentos, el gastrocringe aparece cuando la forma eclipsa al fondo, y la teatralidad sustituye al sabor.

Una moda alimentada por las redes

El auge del gastrocringe está íntimamente ligado a las redes sociales. En un entorno donde el valor de un plato se mide por su potencial viral, la estética y el impacto visual pesan más que el equilibrio de sabores o la coherencia culinaria. La puesta en escena se vuelve más importante que el relato gastronómico, y la experiencia del comensal cede ante la necesidad de generar contenido.

En este contexto, no faltan vídeos de chefs presentando “humo de bosque encapsulado en burbujas de albahaca” o cócteles servidos dentro de calaveras iluminadas por leds. Lo que en algunos casos podría entenderse como experimentación vanguardista, en otros simplemente raya en lo paródico.

La delgada línea entre lo creativo y lo ridículo

No se trata de demonizar la innovación ni de rechazar los formatos no convencionales. La gastronomía, como cualquier forma de arte, evoluciona gracias a quienes se atreven a romper moldes. El problema surge cuando la experiencia sensorial se convierte en un espectáculo vacío, desconectado de la tradición, la técnica o el producto.

En palabras del chef Massimo Bottura, “la creatividad no nace del caos, sino del conocimiento”. Y es ahí donde el gastrocringe se desenmascara: cuando la forma no nace del fondo, cuando la técnica no tiene sustancia, y cuando el relato gastronómico se vacía de sentido para convertirse en una mera anécdota viral.

La era del plato performático

Este fenómeno, cada vez más global, se alimenta del deseo de ser diferente, de captar la atención en un mar de imágenes virales. Lo vemos en ejemplos como el “aire de jamón” servido en globos de helio, una creación que obliga al comensal a aspirar el aroma antes de que explote en su cara. O en cócteles que se presentan en bolsas de suero hospitalario, acompañados de jeringas con “sabores sorpresa”.

Iberoamérica no escapa a esta fiebre. En Lima, un ceviche llegó a servirse dentro de una concha marina gigante, con sonidos del mar saliendo de un altavoz oculto. En Ciudad de México, un taco “de humo” requería abrir una urna transparente llena de neblina de mezquite para “absorber el alma del taco antes de montarlo”. En Buenos Aires, una reinterpretación de la milanesa fue suspendida con hilos dentro de una caja acrílica, lo que obligaba a cortarla en el aire. Y en una feria de Andalucía, un cóctel fue presentado dentro de un zapato de flamenca, más folklórico que funcional.

Incluso en Londres, un restaurante de autor pide a los clientes escanear un QR antes de cada plato para leer un poema exclusivo. Y en París, un croissant “deconstruido” se reduce a una raya de mantequilla, otra de harina, y una oblea fina de masa cruda. 

¿Innovación o provocación gratuita?

La respuesta: volver al origen

Ante este panorama, muchos cocineros están apostando por un regreso al producto, al sabor, a la cocina honesta y sin artificios. La verdadera vanguardia, dicen algunos, es lograr que una zanahoria sepa intensamente a zanahoria, sin necesidad de disfrazarla de nube flotante ni de llamarla “raíz dulce reinterpretada en texturas aéreas”.

En un mundo saturado de estímulos, la sencillez bien ejecutada puede ser más transgresora que cualquier performance gastronómica. Volver a cocinar para alimentar, el cuerpo, el alma y la memoria, puede ser el mayor acto de resistencia frente al gastrocringe.

 

Credito
Cristina Ybarra