Las catas clandestinas bajo tierra que están revolucionando el turismo del vino en España
Hay experiencias gastronómicas que van mucho más allá de sentarse a probar vino. En Tarancón, un municipio de la provincia de Cuenca, las catas se celebran bajo tierra, en antiguas cuevas-bodega ocultas bajo viviendas particulares y calles históricas. Lugares casi secretos donde el vino vuelve a conectar con la memoria, el patrimonio y la historia local.
Lo que comenzó como una pequeña iniciativa cultural impulsada por el cocinero e investigador Daniel Peña ha terminado convirtiéndose en uno de los planes enoturísticos más curiosos y singulares de Castilla-La Mancha.
Porque aquí no se trata únicamente de catar vino. Se trata de descender literalmente al pasado.
Cuevas ocultas bajo las calles de Tarancón
Bajo las calles de Tarancón existe un patrimonio prácticamente desconocido para buena parte del público: antiguas cuevas y bodegas excavadas hace décadas, e incluso siglos, vinculadas a la tradición vitivinícola del municipio.
Muchas permanecieron olvidadas durante años. Otras se deterioraron por abandono, humedad o filtraciones. Y algunas sobreviven todavía en un estado sorprendentemente bueno gracias al cuidado de vecinos y propietarios privados.
Daniel Peña comenzó a documentarlas hace tiempo dentro de un proyecto de investigación sobre la historia del vino en Tarancón. Parte de ese trabajo quedó reflejado en su libro Lozano desde la bodega, donde ya aparecían decenas de referencias a antiguas construcciones subterráneas ligadas al vino.
Pero el proyecto no dejó de crecer.
“Luego gente me ha ido diciendo: ‘Oye, que yo tengo cueva, que fulanito también tiene cueva o bodega’”.
Y así empezó una nueva fase de recuperación colectiva.
Mucho más que una cata de vino
Las llamadas catas clandestinas no funcionan como una degustación convencional.
Antes de probar los vinos, los asistentes recorren distintas zonas de Tarancón mientras Peña explica cómo evolucionó el municipio y qué papel desempeñó históricamente la industria vitivinícola en su crecimiento económico y urbano. Solo después llega el descenso a las cuevas.
Los espacios exactos se comunican poco antes del evento y los grupos son muy reducidos. En ocasiones, el acceso se realiza atravesando viviendas privadas cuyos propietarios conservan todavía estas antiguas bodegas familiares.
El carácter reservado del plan es precisamente parte de su atractivo. No hay grandes carteles, ni circuitos turísticos masivos, ni escenografías artificiales. Solo piedra, humedad, silencio y vino.
Una experiencia cultural bajo tierra
Aunque el vino ocupa un lugar importante, Peña insiste en que el verdadero objetivo es divulgar el patrimonio histórico del municipio.
En algunas sesiones, además, se incorporan propuestas culturales como música o literatura, dependiendo del tamaño y características del espacio elegido.
Y ahí aparece uno de los elementos más fascinantes de la experiencia: cada cueva es diferente. Algunas son estrechas y humildes, otras sorprenden por sus dimensiones, y todas cuentan una parte distinta de la historia vitivinícola de Tarancón.
El auge del gastroturismo secreto
El éxito de estas catas refleja también una transformación más profunda del turismo gastronómico.
Cada vez más viajeros buscan experiencias auténticas, limitadas y alejadas de los circuitos convencionales. No quieren únicamente consumir gastronomía. Quieren descubrir relatos, entrar en lugares normalmente inaccesibles y sentir que participan en algo casi clandestino.
Y pocas experiencias representan mejor esa tendencia que una cata bajo tierra en una cueva olvidada.
El objetivo final: salvar las cuevas-bodega
El siguiente paso será completar la catalogación de los espacios existentes y reunir a los propietarios para estudiar posibles vías de conservación junto a administraciones públicas.
“Quiero tener una reunión con todos los dueños de estas cuevas-bodega que estamos catalogando”.
La idea incluso mira más allá de Cuenca. Peña plantea la posibilidad de conectar iniciativas similares de otras zonas vitivinícolas de Castilla-La Mancha y crear futuras rutas de cuevas del vino, del mismo modo que hoy existen rutas enoturísticas tradicionales.
Cuando el vino se convierte en memoria
Quizá ahí reside la verdadera fuerza de estas catas clandestinas. Porque no solo recuperan bodegas. Recuperan historias, formas de vida, arquitecturas invisibles y una relación con el vino mucho más ligada al territorio, al tiempo y a la identidad local.
En un momento donde muchas experiencias gastronómicas parecen diseñadas únicamente para las redes sociales, Tarancón propone exactamente lo contrario: bajar bajo tierra, apagar el ruido y volver a escuchar la historia desde una copa de vino.