Un pincho, un Rioja y otro bar: la ruta más sabrosa de Logroño
Hay ciudades que se conocen caminando y otras que se descubren comiendo. Logroño pertenece a las dos categorías: su casco antiguo invita a recorrerlo sin prisas, enlazando bares, copas de Rioja y pequeños bocados que resumen buena parte del carácter de la ciudad.
La famosa calle Laurel, junto a San Agustín, Albornoz y la Travesía del Laurel, concentra decenas de establecimientos en apenas unos cientos de metros. A pocos minutos aparece la calle San Juan, más tranquila y vecinal, pero igualmente imprescindible para comprender la cultura del pincho logroñés.
Aquí la mejor estrategia no consiste en sentarse y pedir una comida completa. La tradición manda hacer exactamente lo contrario: un pincho, un vino y otro bar. Cada establecimiento suele defender una especialidad, de modo que la ruta se convierte en una especie de menú degustación construido calle a calle.
Cómo hacer una ruta de pinchos por Logroño sin caer en el primer bar
La experiencia puede comenzar cerca del paseo del Espolón y avanzar hacia la calle Laurel. A partir de ahí, lo importante es evitar las prisas y no pedir demasiado en una sola parada. Cuatro o cinco pinchos bien elegidos permiten probar clásicos muy diferentes sin terminar la ruta antes de tiempo.
La Laurel es conocida popularmente como la “Senda de los Elefantes”, un apodo nacido del humor riojano y de esa posibilidad de salir de la zona “con trompa” después de encadenar vinos y bares. Más allá de la broma, el nombre revela algo esencial: esta no es solo una calle de restaurantes, sino un ritual social compartido por vecinos y visitantes.
Para beber, lo natural es pedir una copa de DOCa Rioja. El tinto continúa siendo el gran clásico, aunque blancos, rosados y vinos jóvenes permiten jugar con los sabores y refrescar la ruta, especialmente durante las noches de verano.
En Logroño no se va únicamente de pinchos: se “laurelea”, pasando de barra en barra y convirtiendo cada especialidad en una nueva parada.
Cuatro pinchos clásicos para empezar en la calle Laurel
La primera parada puede hacerse en el Bar Soriano, en la Travesía del Laurel. Su especialidad es uno de los grandes iconos gastronómicos de Logroño: champiñones a la plancha coronados con una gamba y servidos recién hechos. Pocos ingredientes, mucho jugo y el aroma inconfundible de la plancha.
Muy cerca se encuentra Blanco y Negro, considerado el bar más antiguo de la zona. Su matrimonio combina anchoas preparadas de distintas maneras con pimiento verde frito dentro de un pequeño pan caliente. Salinidad, acidez y grasa se encuentran en un bocado que explica por qué algunas recetas sobreviven durante generaciones.
La ruta puede continuar en Jubera, donde las patatas bravas son prácticamente una institución. Se sirven con salsa brava y mayonesa, una combinación directa, generosa y perfecta para compartir entre copa y copa.
Quienes disfruten de la casquería tienen una parada obligatoria en El Perchas. Desde mediados del siglo XX, el local prepara su célebre oreja de cerdo, disponible en versión picante o rebozada. Es uno de esos pinchos que dividen opiniones hasta que se prueban recién hechos.
Estos cuatro locales forman una introducción muy reconocible, pero la verdadera riqueza de La Laurel está en continuar explorando. La oferta actual combina tortilla, setas, carnes a la plancha, bacalao, croquetas, quesos, verduras riojanas y propuestas contemporáneas que demuestran que la tradición no está reñida con la creatividad.
La calle San Juan, el segundo acto de la ruta
Después del bullicio de Laurel, basta caminar unos minutos para llegar a la calle San Juan. Su identidad resulta diferente: conserva una convivencia muy marcada entre actividad hostelera, comercio y vida vecinal, lo que aporta a la ruta un ambiente más pausado.
Aquí merece la pena dejarse aconsejar por las barras y buscar cazuelitas, tortillas, carnes, pescados, bocadillos y pinchos de temporada. Frente a la concentración casi vertiginosa de La Laurel, San Juan invita a detenerse algo más, conversar y descubrir propuestas menos obvias.
La unión de ambas zonas permite apreciar las dos almas del tapeo logroñés: la calle convertida en gran escaparate gastronómico y el barrio que mantiene viva su relación cotidiana con los bares.
Qué comer además de pinchos durante una escapada a Logroño
Una ruta gastronómica por la ciudad puede ampliarse con algunos de los grandes productos de La Rioja. Las verduras y hortalizas ocupan un lugar fundamental en su cocina: pimientos, alcachofas, espárragos, cardo, borraja o menestra aparecen en restaurantes y barras según la temporada.
También resultan imprescindibles las patatas a la riojana, las chuletillas al sarmiento, los embutidos y los quesos. Para terminar, los fardelejos y otros dulces regionales ponen el contrapunto a una escapada en la que el vino acompaña prácticamente cada etapa.
Antes o después del tapeo, conviene reservar tiempo para pasear por la concatedral de Santa María de la Redonda, la plaza del Mercado, la calle Portales y el entorno del Ebro. El centro es compacto y permite alternar patrimonio y gastronomía sin necesidad de utilizar transporte.
Consejos para disfrutar la ruta como un logroñés
- Pide la especialidad de la casa: muchos bares han construido su fama alrededor de un solo pincho.
- No ocupes toda la noche en una barra: la esencia está en cambiar de local.
- Comparte: así podrás probar más recetas sin renunciar a ninguna.
- Pregunta por el vino: cada pincho puede encontrar una copa de Rioja diferente.
- Evita las horas de máxima concentración si prefieres disfrutar con más calma.
- Consulta horarios y disponibilidad: pueden variar según el día y la temporada.
La ruta de pinchos de Logroño no necesita un orden perfecto ni una lista interminable de establecimientos. Basta con llegar con apetito, dejarse guiar por los aromas y aceptar que probablemente quedarán muchos bares pendientes para la próxima visita.
Porque en La Laurel y San Juan, cada puerta puede esconder un plato memorable y cada copa convertirse en una nueva razón para seguir caminando.