Lo que la ficha técnica nunca te va a contar
Hace un tiempo volví a ver El indomable Will Hunting. Hay una escena que lleva años considerándose una de las más memorables de la película. Sean Maguire, el personaje interpretado por Robin Williams, le dice al joven Will:
"Podrías decirme todo sobre Miguel Ángel. Seguro que sabes mucho sobre él. Sus obras, sus aspiraciones políticas, su relación con el Papa... Pero apuesto a que no puedes decirme a qué huele la Capilla Sixtina. Nunca has levantado la cabeza y contemplado ese hermoso techo."
La primera vez que escuché esa frase, por cierto en boca de mi mujer mucho antes que en la propia película, pensé que hablaba sobre arte.
Con el tiempo he llegado a la conclusión de que en realidad habla sobre la vida.
Sobre la diferencia entre saber y haber vivido.
Y últimamente no puedo evitar pensar en ella cada vez que asisto a una cata de vinos.
Cuando los datos sustituyen a la experiencia
Porque vivimos un momento extraordinario para la cultura del vino. Nunca hemos tenido acceso a tanta información. Conocemos la composición de los suelos, la altitud de los viñedos, los porcentajes exactos de cada variedad, los meses de crianza o las técnicas de elaboración con un nivel de detalle impensable hace apenas unas décadas.
Sin embargo, a veces me pregunto si en ese proceso hemos perdido algo por el camino.
Estoy cansado de escuchar durante veinte minutos cuántos meses ha pasado un vino en barrica y no escuchar una sola palabra sobre cómo es el lugar del que procede. Sobre quién decidió plantar allí. Sobre qué se ve desde esa parcela al amanecer. Sobre cómo cambia el paisaje entre enero y septiembre. Sobre qué historias se cuentan en ese pueblo cuando termina la vendimia.
Los datos son útiles. Por supuesto que lo son. Pero los datos no son la experiencia.
Uno puede leer todo lo que quiera sobre Raúl Pérez. Puede conocer cada detalle de sus elaboraciones, de sus viñedos y de su filosofía. Puede incluso memorizar entrevistas y conocer al detalle su trayectoria. Pero nada de eso le permitirá comprender realmente su mundo si nunca ha paseado por los paisajes del Bierzo que lo inspiraron.
Jamás entenderá del todo sus vinos si nunca ha sentido el silencio de una mañana entre sus viñas viejas, la pendiente de las laderas o la forma en que ese paisaje se cuela en cada botella.
Quizá hemos aprendido mucho sobre vino y hemos desaprendido a mirarlo.
Comprender el vino antes de estudiarlo
Hay algo que me ocurre con frecuencia. Tanto personas que empiezan en el vino como otras que llevan años interesándose por él me preguntan qué libro les recomendaría para profundizar.
Mi respuesta casi siempre es la misma: Comprender el vino, de Pedro Ballesteros.
Y casi siempre observo una reacción parecida.
Algunos esperaban una obra más técnica. Más especializada. Un libro sobre variedades, regiones o elaboraciones. En el fondo, sospecho que muchos ni siquiera llegan a comprarlo. Lo perciben como algo demasiado básico. Como un escalón que ya han superado.
Y sin embargo creo que ocurre exactamente lo contrario.
Antes de hablar de variedades, de suelos, de vinificaciones o de barricas, deberíamos intentar comprender qué es realmente el vino.
No cómo se hace. No cómo se puntúa. No cómo se describe. Sino qué representa.
Qué papel ha desempeñado durante siglos en nuestras sociedades. Qué relación mantiene con la cultura, con el paisaje, con la gastronomía y con la memoria.
Porque aprender el lenguaje técnico del vino no es lo mismo que aprender a hablar el lenguaje del vino.
Y a veces tengo la sensación de que muchos aficionados avanzan directamente hacia los capítulos más complejos sin haber pasado por esa conversación inicial.
Como quien pretende interpretar una novela en un idioma extranjero antes de haber aprendido a leerlo.
Los vinos que recordamos nunca caben en una ficha técnica
Quizá por eso volvemos una y otra vez a los datos. A las cifras. A las clasificaciones. Son más fáciles de manejar que las experiencias.
Pero los vinos que permanecen en la memoria rara vez lo hacen por una ficha técnica.
Los recordamos porque están ligados a una experiencia, a una conversación, a una mesa, a una persona, a un paisaje, a una mañana caminando entre viñas, a una bodega donde alguien nos contó una historia imposible de resumir en una nota de cata.
Queremos saber cómo se hizo el vino antes de preguntarnos por qué existe.
Prestamos más atención al proceso que al lugar, más atención a la técnica que a la mirada.
Y, sin embargo, lo que hace que un vino sea memorable no siempre puede expresarse en datos.
Porque, igual que ocurre con la Capilla Sixtina, hay realidades que sólo se comprenden cuando uno está allí y mira hacia arriba.
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