El día que Salvador Dalí decidió clasificar los vinos por emociones
Hay quien clasifica el vino por su origen, por la variedad de uva, por la añada, por el tiempo que ha pasado en barrica o incluso por su precio. Salvador Dalí prefirió hacerlo según lo que una copa era capaz de provocar en quien la bebía.
No debería sorprender demasiado viniendo de uno de los grandes nombres del surrealismo. Pero incluso dentro del universo daliniano resulta difícil imaginar una guía vinícola que pudiera hablar de vinos voluptuosos, vinos de luz o vinos de lo imposible.
El libro existe. Se publicó en 1977 y se titula Les Vins de Gala, conocido en español como Los vinos de Gala. Fue concebido como continuación de Les Dîners de Gala, el extravagante libro de cocina que Dalí había publicado unos años antes, y volvió a situar a Gala, su esposa y musa, en el centro de uno de sus universos creativos.
Si en aquel primer volumen la comida se convertía en espectáculo surrealista, en Los vinos de Gala fue el turno de la botella.
Cuando un vino podía ser de luz, voluptuoso o incluso imposible
El libro no renuncia por completo a la enología convencional. Su primera parte, denominada “Los Diez vinos del divino”, recorre diez grandes territorios y referencias vinculadas al mundo del vino. Hay geografía, producción, variedades y cultura vitivinícola. Pero después llega Dalí.
En la segunda parte, la lógica tradicional comienza a desaparecer y los vinos pasan a organizarse de acuerdo con las sensaciones y emociones que despiertan. El origen o la variedad dejan de ser suficientes: importa también aquello que sucede al beberlos.
Vista casi medio siglo después, la propuesta resulta curiosamente contemporánea. Hoy hablamos constantemente del vino como experiencia: del momento en que se bebe, de la compañía, del paisaje, de los recuerdos que despierta e incluso de cómo nuestras emociones modifican la percepción de una copa.
Dalí llevó esa idea hasta el extremo. No se preguntaba únicamente qué era un vino, sino qué era capaz de hacernos sentir.
Y quizá ahí radique uno de los aspectos más interesantes del libro. No pretende sustituir una clasificación enológica rigurosa, sino demostrar que beber vino también puede ser un acto cultural, emocional y profundamente subjetivo.
Más de 140 ilustraciones para convertir el vino en surrealismo
Naturalmente, tratándose de Salvador Dalí, Los vinos de Gala tampoco podía ser simplemente un libro para leer.
Sus 296 páginas contienen más de 140 ilustraciones, entre dibujos, collages, fotomontajes y reinterpretaciones de obras de otros artistas. Dalí transformó imágenes clásicas mediante su particular lenguaje visual y volvió a recurrir a referencias que le habían fascinado durante décadas, como El Ángelus de Jean-François Millet.
También incorporó El sacramento de la Última Cena, pintado en 1955 y perteneciente a su etapa conocida como “mística nuclear”, donde religión, ciencia, geometría y surrealismo convivieron dentro de una misma obra.
El resultado está a medio camino entre enciclopedia vinícola, libro de artista y provocación surrealista. Una obra en la que las botellas conviven con desnudos clásicos reinterpretados, pintura, historia, mitología y reflexiones sobre el placer.
Aunque suele presentarse popularmente como el libro de vinos de Salvador Dalí, la edición original de 1977 acredita también a Max Gérard y Louis Orizet, este último una reconocida figura francesa vinculada al mundo del vino.
Quizá ese sea el verdadero encanto de Los vinos de Gala. Dalí entendió que una botella puede explicarse hablando de territorio, uvas y elaboración, pero también de deseo, placer, luz, imaginación y emociones.
Una forma absolutamente poco ortodoxa de hablar de vino.
Pero, pensándolo bien, ¿qué otra clase de guía vinícola podía haber escrito Salvador Dalí?