La extraña historia de los cereales Kellogg's que nacieron como "antiafrodisíaco"
Empezar el día por las mañanas es sencillo cuando no se te pegan las sábanas: un vaso de leche y unos cornflakes de los de siempre. Unos Kellogg's, por ejemplo. Primero la leche y luego los cereales, o al revés; da igual del equipo que seas. Un gesto tan inocente que cuesta imaginar que, cuando el doctor John Harvey Kellogg creó este alimento para el desayuno, lo hizo pensando en anular los deseos sexuales de las personas, una conducta que consideraba reprochable, insalubre y precursora de enfermedades físicas y mentales.
¿Mejor unas tostadas?
El doctor Kellogg y su particular visión de la salud
Médico, nutricionista, vegetariano y célibe. Todos estos calificativos son necesarios para entender la mente del doctor Kellogg, quien en 1893 impulsó la Kellogg Food Health Company, una institución que funcionaba como refugio social en las afueras de Chicago. Allí se alimentaba a unas 500 personas al día y se ofrecían servicios médicos y educativos para los habitantes de los barrios más desfavorecidos. Sin embargo, el lugar también sirvió como laboratorio de algunas de sus teorías.
Kellogg mantenía una cruzada personal que combatía a través de la medicina y la alimentación: el sexo. Según sus planteamientos, este era una fuente de debilidad física y moral. Hombre de iglesia y firme defensor del llamado evangelio social, terminó siendo expulsado de su comunidad religiosa por discrepancias doctrinales. Entre sus principales obsesiones había una especialmente intensa: la lucha contra la masturbación, que consideraba una vía directa hacia la locura.
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La alimentación como tratamiento moral
Para combatir este supuesto problema diseñó tratamientos basados en una alimentación deliberadamente insípida. En 1877 publicó el libro Plain Facts About Sexual Life, donde describía hasta 39 males supuestamente provocados por la masturbación. En sus páginas llegó a afirmar:
"Ni las plagas, ni la guerra, ni la viruela, ni enfermedades similares han producido resultados tan desastrosos para la Humanidad como el pernicioso hábito del onanismo (...), causante del cáncer de útero, enfermedades urinarias, impotencia, locura y debilidad mental y física".
Con esta filosofía desarrolló una dieta que denominó "vida biológica", basada en alimentos suaves y poco estimulantes. Entre sus pilares figuraba un bol de cereales para empezar el día: los que hoy conocemos como cornflakes, elaborados a partir de finos copos de maíz.
A ojos de Kellogg, esta alimentación permitía tratar ciertos comportamientos mediante métodos menos invasivos que algunas prácticas médicas habituales a finales del siglo XIX, entre las que se encontraban ablaciones, choques eléctricos o determinadas intervenciones quirúrgicas.
Los cereales Kellog's que querían acabar con el deseo
La alimentación de sus pacientes se basaba principalmente en avena y maíz ligeramente endulzados y ablandados con leche. La descripción comercial del producto dejaba poco margen para la interpretación: era un alimento "sano, listo para comer y efectivo para evitar la masturbación".
Kellogg estudió estos cereales como un alimento antiafrodisíaco. Lo que comenzó como parte de un tratamiento médico terminó convirtiéndose en una oportunidad empresarial.
Del sanatorio al supermercado, así llegaron a tu despensa
La idea de vender los cereales llegó después. Una vez dados de alta, los pacientes —que los consumían durante su estancia o tratamiento— podían llevárselos a casa para incorporarlos a su nueva vida, tan célibe como, según la teoría de Kellogg, saludable.
Fue entonces cuando Will Keith Kellogg, hermano de John Harvey Kellogg, vio el potencial comercial del producto y comenzó a producirlo y venderlo a gran escala. Con el tiempo construiría uno de los mayores imperios alimentarios del mundo a partir de unas teorías médicas que hoy resultan, cuanto menos, controvertidas.
Efectivas o no, eso ya queda a gusto del consumidor.
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