El futuro se fermenta

El futuro se fermenta
Hablar de un futuro alimentario sin ultraprocesados no implica un rechazo absoluto a la tecnología ni un retorno total al pasado. Por el contrario, propone reevaluar el significado predominante de la innovación alimentaria y ampliar su espacio de comprensión.
La fermentación podrían redefinir el sistema alimentario
La fermentación podrían redefinir el sistema alimentario
Sábado, Enero 24, 2026 - 19:00

El sistema alimentario contemporáneo atraviesa una crisis de identidad marcada por la expansión de los alimentos ultraprocesados, la pérdida de biodiversidad, la homogenización del gusto y el debilitamiento progresivo de las economías locales y de los saberes culinarios tradicionales. En las últimas décadas, la alimentación ha sido progresivamente subordinada a desarrollos e intereses industriales que privilegian la eficiencia económica, la estandarización sensorial y la prolongación artificial de la vida útil por encima del valor cultural, nutricional y social del alimento.

Este proceso no solo ha transformado el sistema de alimentación, sino también la relación simbólica entre las personas, los territorios y aquello que se consume. La comida ha dejado de ser un acto social para convertirse en un producto descontextualizado, desligado de su origen y de los sistemas de conocimiento que históricamente le dieron sentido.

Fermentar para avanzar: tradición, ciencia y sabor

Más allá de los impactos documentados sobre la salud pública, el problema del ultraprocesamiento es de carácter estructural. Estos productos rompen los vínculos entre alimento y territorio, debilitan las economías campesinas y comunitarias, estandarizan el gusto a escala global y generan dependencia de cadenas industriales. 

Asimismo, desplazan prácticas culinarias locales y debilitan la transmisión intergeneracional de saberes, produciendo una forma de analfabetismo alimentario que limita la capacidad de las comunidades para decidir qué comen y cómo lo producen. 

En este contexto, pensar el futuro de la alimentación exige ir más allá de la reformulación de productos industriales y cuestionar de manera profunda el modelo que los sustenta.

Hablar de un futuro alimentario sin ultraprocesados no implica un rechazo absoluto a la tecnología ni un retorno total al pasado. Por el contrario, propone reevaluar el significado predominante de la innovación alimentaria y ampliar su espacio de comprensión. Desde esta perspectiva, prácticas históricas como la fermentación, la conservación tradicional y la autosuficiencia alimentaria pueden ser entendidas como tecnologías complejas, basadas en conocimiento empírico, observación del entorno, experimentación cotidiana y transmisión intergeneracional. Estas prácticas constituyen sistemas vivos capaces de ofrecer respuestas concretas a las crisis contemporáneas de salud, sostenibilidad y soberanía alimentaria.

La fermentación como tendencia clave en la cocina contemporánea

La fermentación ocupa un lugar central que se encuentra presente en prácticamente todas las culturas humanas, esta técnica de transformación de alimentos mediante la acción de microorganismos ha permitido históricamente conservar excedentes, mejorar la digestión de los alimentos y generar perfiles sensoriales complejos intimamente ligados al territorio. A diferencia de los procesos industriales, la fermentación produce alimentos vivos, variables e irrepetibles, cuya calidad depende de factores ambientales, culturales y sociales. 

Fermentar no requiere infraestructura tecnológica avanzada, sino conocimiento, tiempo y atención, lo que la convierte en una práctica accesible y replicable fuera de los escenarios industriales.

En los territorios de la cordillera de los Andes, la chicha no puede comprenderse únicamente como una bebida fermentada: constituye un sistema social que articula producción, intercambio, ritualidad y cohesión comunitaria. En Corea, el kimchi representa no solo un alimento cotidiano, sino un archivo vivo de identidad cultural y autosuficiencia. En contextos urbanos contemporáneos, la elaboración de la masa madre en la panificación ha operado como una forma de resistencia frente a la industrialización del pan, la estandarización del sabor y la pérdida de biodiversidad microbiana. En todos estos casos, la fermentación actúa como una tecnología cultural que preserva autonomía técnica y control sobre los procesos alimentarios.

Junto a la fermentación, las técnicas tradicionales de conservación permiten analizar la relación entre alimentación, tiempo y territorio. Antes de la refrigeración industrial y de la cadena de frío global, las sociedades desarrollaron múltiples estrategias para enfrentar la estacionalidad, la escasez y la variabilidad climática. El secado, la salazón, el ahumado o la conservación en medios grasos, alcohólicos o ácidos aseguraban la disponibilidad de alimentos, formas de organización social y memorias colectivas. Estas prácticas incorporan una temporalidad lenta que contrasta con la lógica de inmediatez del sistema alimentario industrial contemporáneo.

Ejemplos como el chuño andino, los pescados secos en zonas costeras o las conservas vegetales artesanales en comunidades rurales evidencian que la conservación tradicional no es una técnica residual, sino una forma sofisticada de gestión del alimento y del entorno. Estas prácticas cuestionan la idea de disponibilidad permanente promovida por el sistema ultraprocesado y abren la posibilidad de prácticas más diversificadas.

La fermentación redefine un futuro más sano, más ético

La autosuficiencia alimentaria, va más allá del simple autoabastecimiento, constituye un eje fundamental para imaginar un futuro sin ultraprocesados. No se trata únicamente de producir alimentos en pequeña escala, sino de recuperar la capacidad de decisión sobre qué se produce, cómo se transforma y bajo qué valores se consume. Huertas urbanas y rurales, cocinas colectivas, redes de intercambio, mercados locales y la transmisión intergeneracional de saberes conforman un entramado de prácticas que fortalecen el tejido social y reducen la dependencia de sistemas alimentarios excluyentes.

En contextos urbanos y su entorno, estas estrategias adquieren una importancia particular al ofrecer alternativas frente a la inseguridad alimentaria, la precarización del trabajo y la carencia cultural. La autosuficiencia, en este sentido, no es un proyecto individual, sino una construcción colectiva que articula alimentación, dignidad y derecho a decidir.

Optar por un futuro alimentario sin ultraprocesados es, en última instancia, una decisión ética y política. Implica cuestionar el discurso de progreso asociado a la industrialización extrema de la comida y reconocer el valor de los saberes tradicionales y comunitarios. Sin embargo, estas alternativas enfrentan desafíos importantes, como reglamentación sanitaria poco flexible, dificultades de escalabilidad y procesos de apropiación cultural que despojan a las comunidades de sus conocimientos.

Aun así, la fermentación, la conservación y la autosuficiencia no deben entenderse como soluciones marginales, sino como pilares para la construcción de sistemas alimentarios más justos, diversos y resilientes. 

Estas prácticas demuestran que la innovación alimentaria no siempre requiere ultraprocesamiento, sino memoria, comunidad y territorio. Pensar el futuro de la alimentación implica, entonces, decidir qué tipo de relación queremos sostener con el entorno que nos alimenta.

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