Durante décadas fue una cepa secundaria, casi invisible. En Chile, el Cinsault vivió a la sombra de variedades consideradas más “nobles”, utilizado como uva de apoyo para aportar color o volumen a otros vinos. Incluso fue conocido por nombres coloquiales como cargadora, reflejo de un papel funcional más que protagónico.
Hoy, ese mismo Cinsault protagoniza uno de los renacimientos más significativos del vino chileno, pasando del secano olvidado del sur a los más altos reconocimientos internacionales.
El auge del Cinsault y el concepto de vino patrimonial
El resurgir del Cinsault está estrechamente ligado al concepto de vino patrimonial, una categoría que pone en valor no solo la uva, sino también la historia, el paisaje, las prácticas agrícolas y la cultura local.
Muchas de estas parras antiguas no son conocidas por su nombre varietal “oficial”, sino por denominaciones populares heredadas de generación en generación, testimonio de un vínculo afectivo profundo entre las familias campesinas y su territorio. En este contexto, el vino deja de ser solo un producto para convertirse en memoria líquida.
Valle del Itata, cuna del Cinsault chileno
Uno de los territorios clave en esta historia es el Valle del Itata, la zona vitivinícola más antigua de Chile. El Cinsault echó raíces aquí tras su introducción masiva después del terremoto de Chillán de 1939, cuando fue plantado como una solución productiva para pequeños agricultores.
En suelos pobres, lomas graníticas y viñedos de secano sin riego, la cepa encontró una expresión única. El resultado son vinos de menor grado alcohólico, frescos, tensos, con fruta roja viva, acidez natural y un carácter profundamente ligado al paisaje.
Vinos de secano, frescura y autenticidad
Hablar de Cinsault en el Itata es hablar de agricultura familiar, de viñedos que sobreviven sin sistemas de riego, de vendimias manuales y de una viticultura resistente al paso del tiempo.
Son vinos honestos, directos, que expresan lugar antes que moda, alejados de la sobreextracción y del exceso de madera. En copa, el Cinsault del Itata ofrece ligereza, tensión y una elegancia rústica que conecta con las tendencias contemporáneas de consumo: vinos bebibles, gastronómicos y con identidad.
De cepa secundaria a símbolo cultural
El reconocimiento internacional del Cinsault chileno no es fruto de una estrategia de mercado, sino de una relectura consciente del patrimonio vitivinícola. En un contexto global que valora cada vez más la autenticidad, el origen y la sostenibilidad, esta variedad ha encontrado su momento.
Desde el sur de Chile, el Cinsault se ha convertido en símbolo de resistencia, identidad y futuro, demostrando que las cepas olvidadas pueden liderar algunos de los discursos más relevantes del vino contemporáneo.
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