
La pastelería francesa es un universo donde conviven historia, técnica y un sinfín de curiosidades gastronómicas. Más allá de los conocidos croissants o macarons, Francia guarda tesoros dulces con nombres tan peculiares como sus orígenes. Algunos nacieron por accidentes afortunados, otros por carreras ciclistas, por barrios financieros o incluso por devoción religiosa. Cada pastel es una historia en sí mismo, y conocer su procedencia hace que disfrutarlos sea todavía más especial.
En Excelencias Gourmet hemos seleccionado cinco pasteles franceses deliciosos y llenos de personalidad, con texturas irresistibles, historias fascinantes y nombres que sorprenden incluso a los amantes más expertos de la repostería.
Financiers: los “lingotes” del París del siglo XIX
Estos pequeños pastelitos de almendra surgieron en el París del siglo XIX y deben su nombre a su particular contexto histórico. Se vendían junto al distrito financiero y su forma rectangular recordaba a un lingote de oro. Rápidos de comer, energéticos y limpios, eran el dulce ideal para banqueros y corredores de bolsa que vivían siempre con prisa. Una pastelería elegante nacida de la funcionalidad.
Canelés: las estrías que cuentan una historia
Originarios de Burdeos, los canelés toman su nombre de cannelure, que significa “estría” en francés, en referencia a las ranuras del molde de cobre con el que se hornean. Su interior suave, casi cremoso, contrasta con su capa exterior caramelizada, creando uno de los bocados más emblemáticos de la repostería bordelesa.
Paris-Brest: un pastel creado para una carrera ciclista
Este dulce nació en 1910 cuando el pastelero Louis Durand lo creó especialmente para homenajear la carrera París-Brest-París, una de las más antiguas del mundo. Su icónica forma de rueda de bicicleta lo convierte en un símbolo perfecto del esfuerzo deportivo, y su relleno de praliné aportaba la energía que los ciclistas necesitaban. Hoy es uno de los grandes clásicos de la pastelería francesa.
Kouign-Amann: el pastel de mantequilla nacido por accidente
En Bretaña, kouign significa “pastel” y amann “mantequilla”. Y el nombre no engaña: este dulce caramelizado y hojaldrado es pura mantequilla. La historia cuenta que un panadero, intentando salvar una masa fallida, añadió grandes cantidades de mantequilla y azúcar… y así, por accidente, nació uno de los pasteles más adictivos de Francia.
Saint-Honoré: un homenaje al patrón de los pasteleros
Creado en París en el siglo XIX, este pastel recibe su nombre de San Honorato, patrón de los panaderos y pasteleros. Su distintiva corona de profiteroles caramelizados representa la maestría y la técnica refinada que exige su elaboración. Elegante, complejo y absolutamente clásico, el Saint-Honoré es uno de los grandes iconos de la pastelería francesa.
Te puede interesar leer: ¿Cuál será el mejor roscón de reyes de Madrid?








